Taxistomaquia, “Dícese del arte de lidiar a aquellos individuos que conducen un vehículo, servicio público, provisto de taxímetro; también llamados taxistas“.
Durante mi estancia en Madrid estoy desarrollando un nuevo arte, una nueva habilidad, una nueva “suerte”…. La taxistomaquia. Como ese valeroso torero que recibe al toro a puerta gayola, el ‘taxistomaco’ (aquel que desplega el arte de la taxistomaquia) recibe al taxi a puerta trasera com el brazo al aire y a pecho descubierto. Este nuevo y bravo arte especialmente desarrollado en las calles de Madrid, provoca múltitud de encuentros y anécdotas.
Sin ir más lejos, ayer tarde saliamos del hotel con el único fin de pasear y tapear por Madrid. Nos acercamos a la parada de taxis. Allí estaba él, con un aire a poeta en paro dedicándose a labores ‘taxísticas’ (por llamarlas de alguna manera). Ese ‘peaso’ de profesional del taxi, encandilando a sus pasajeros y apoyado sobre su puerta trasera con una postura un tanto sospechosa, a pelo recogido como buen galán, nos invita a acomodarnos. Ante nuestra sorpresa el se sienta en el asiento trasero. Yo, ingenuo de mi, le comento: “¿Conduzco yo?“. Mejor no haber abierto la boca, mejor haber dejado aquel taxi, allí, parado. Ahí empezó nuestra odisea.

Se suelta su larga melena se quita su chaqueta y entonces le reconocí, era idéntico a Josmar. Llevaba unos pantalones, al más puro estilo hippie, que dejaban al descubierto su ‘guardiolilla’ gritando al viento ‘Insert Coin’ cual máquina recreativa. Me aguanté las ganas y me guardé las monedillas para invertirlas en birras.
Él se sienta al volante de su intrumento de bohemias sensaciones, el taxi. Eva y yo nos sentamos detrás y Sergio intenta hacerlo delante, pero debido a la posición del asiento casi no es capaz de entrar. Nuestro bohemio amigo le dice “No está preparado. Tienes un botón en tus glúteos”, nosotros intentamos aguantar la risa. Y, tras posicionar el asiento, exclama “Los libros que veis ahí se venden, ¡15€ los tres!”. ¡Buah! ¡Vaya ofertón! Nos intenta vender unos libros. Me parece, cuanto menos, surrealista. Me asusto ya que mi primer pensamiento es que ese ‘poeta del taxi’ iba a vendernos sus sagradas escrituras. Esas poesias salidas de sus experiencias diarias al volante. Esos escritos desgarradores de historias personales e impersonales. Testimonios robados, testimonios creados en su día a día. ¡Pero no se ha atrevido!. Los libros, por suerte para nosotros, no son suyos.
La marcha empieza a 5Km/h. Si! Si! Iba más lento que las obras de AVE en BCN. Nosotros nos miramos impresionados ante ese alarde de conducción. Cuando ‘enderrepente’ entra en la M40, parece transformarse, le ha poseido el espiritu de Javi Cantero: ”Cuanto más acelero, más calentito me pongo!”. Raudo y veloz, pero nos está dando un buen paseo.
Me baja la ventanilla. Yo la subo. Me la vuelve a bajar (la ventanilla, mal pensados!!). La vuelvo a subir. La baja de nuevo. La subo una vez más (Sigue siendo la ventanilla). Al final, me siento derrotado, me doy por vencido. Dejo la ventanilla bajada y me pongo la bufanda para evitar coger frio, mientras su larga, enredada y grasa melena vuela sobre su reposa-cabezas. Hoy, por mi nueva afición a la Taxistomaquia, estoy algo resfriado.
Tras una dura lidia y pasearnos por medio Madrid llegamos al Corte Inglés de Goya, donde nos esperaba Carlos. Ahora ya puedo decir, soy todo un taxistómaco, experto en la lidia del taxista. Este se me ha resistido un poco, pero ”¡Por mi madre que al próximo lo recibo a puerta gayola en medio de la Castellana! ¡Con un par!”.